Historia del toreo

La lidia, a día de hoy, constituye un arte distinto al toreo caballeresco, practicado desde  el siglo XVI al primer tercio del XVIII, y que consistía en una mezcla de ejercicios militares con toreo a caballo. Este toreo se celebraba  fundamentalmente con motivo de la celebración de nacimientos de príncipes, bodas reales u otros grandes acontecimientos.

Así mismo, se celebraban otros en los que sólo intervenían toreros de a pie. Se trataba de un toreo muy diferente al actual, con suertes distintas, sin regular, muchas de ellas inmortalizadas por Goya en su Tauromaquia (expuesta en el Museo).

Al mismo tiempo, en Andalucía se realizaban fiestas en las que los vaqueros y hombres de campo llevaban a cabo vistosas faenas a caballo. La celebración de estos juegos en ciertos recintos de las ciudades y su transformación en espectáculos públicos, constituyen el germen de las corridas de toros.

De esta forma, la lidia se va forjando como espectáculo. Así en el siglo XVIII se puede hablar ya del primer torero de a pie con cierta fama, Francisco Romero. Destacan también Costillares y Pepe-Hillo, éste último autor del libro La tauromaquia o el arte de torear, en el que se plasman todas las suertes que se practicaban en su tiempo. Si hay algo que caracteriza el toreo de estos años es la heterogeneidad del mismo, dependiendo de las ciudades e incluso del día.

Ya en el siglo XIX se incluyen en la Lidia innovaciones fundamentales como son la división de la misma en tres tercios (tercio de varas, tercio de banderillas y tercio de muleta), división que perdura  en la actualidad, y se dispone que las corridas sean de seis toros. También en esta época empieza a practicarse el toreo artístico, con una búsqueda del sentido estético.

Una etapa fundamental en la Tauromaquia es la que trascurre entre los años  (1912-1920), que es cuando nace el toreo moderno. Son cruciales en esta etapa Gallito, quien sentó las bases para el  desarrollo de la faena moderna en redondo; y Juan Belmonte, que trajo dos aportaciones esenciales: citar al toro desde una distancia menor de la que se hacía hasta entonces y alargar las suertes. El toreo se consolida como auténtico arte.

Lo más significativo de dicho periodo es la tendencia al estilismo, es decir, la ejecución de las suertes de la manera más perfecta y estética posible; son también característicos el toreo de puntillas y de pies juntos, el exceso de adornos y desplantes.

En la década de los cuarenta, el toreo brilla si cabe con mayor esplendor,  apareciendo una figura trascendental en la historia de la Tauromaquia: Manolete. Su estilo, elegante y vertical, evolucionó el arte de la muleta, toreando de frente y citando de perfil. Su influencia ha sido enorme, ya que su estilo se hizo notar en todos los toreros posteriores

Destacan en los cincuenta otros maestros: Pepe Luis Vázquez, Luis Miguel Dominguín, Manolo González, Julio Aparicio, Miguel Báez Litri, Antonio Ordoñez, Manolo Vázquez y Antoñete, entre otros. Se instauran pases más largos, cadenciosos y continuados.

En los sesenta y setenta destaca sobre todos los toreros del momento El Cordobés, fenómeno social y de masas, y junto a éste  otras  figuras relevantes han sido: Diego Puerta, Paco Camino, El Viti, Curro Romero, Rafael de  Paula, Palomo Linares, José María Manzanares, Paco Ojeda, Espartaco,  Paquirri y Ortega Cano, entre otros.

Durante las décadas posteriores hasta la actualidad, han sido muchos los toreros que con su personal estilo e impronta, han introducido notables  modificaciones en la concepción y estructura de la lidia y en los modos de practicar las suertes.

Hoy el toreo sigue constituyendo una forma de expresión artística, y prueba fehaciente de que la tradición cultural evoluciona y se adapta a las exigencias de los nuevos tiempos, dando como resultado un toreo riguroso y estético, manifestación del sentimiento taurino.